Un doctor, llamémoslo "Alsogaray", me tuvo cinco horas en los tribunales, pidiéndome datos y datos y datos, con tal de tratar de sacar algo contra S. Comenzó, lo recuerdo, con que dígame arquitecto, ¿usted lo conocía?, y yo le dije la verdad, que lo había conocido nada más que en esos concursos donde intervine y saqué un premio, y que él, como gran jefe, tenía derecho a arrogarse la exposición. Alsogaray insistió, pero dígame, ¿usted no tuvo con el arquitecto S. alguna atención? —no se animaba a preguntarme algo más, pero lo insinuaba una y otra vez—. Mire doctor, ¿usted lo que me pregunta es si el arquitecto S. me pidió alguna coima? —No sé si le gustó mi tono de voz, no importaba. Mire, con el honorario mínimo que yo he percibido para hacer el Teatro (honorario del que he contratado a muchísimas personas para asesorarme, para que usted sepa), yo creo que un intendente no necesita coimear a un arquitecto que gana semejante mínimo de honorarios. Puede coimear con los que piden amuebladas, ahí tendría más sentido.
Cuando salí, el secretario me dijo “Usted estuvo bravo”, y al día siguiente un doctor amigo mío, Ansagasti, me dijo que se había entrevistado con Alsogaray, y que este "doctor" le dijo que yo era un compadrito, y que mejor cuidara de mí y de mi lengua: "Tiene que saber de qué lado de la calle está, si se queda en el medio lo puede pisar un coche." Pero lo que yo hice fue decir la verdad: defendí a S. porque nunca me pidió nada, ni tampoco le hubiera dado nada. He vivido sólo de mis honorarios toda la vida, y no he dado ni recibido coimas.
S. tuvo que expatriarse un tiempo después, nunca encontraron con qué sostener los cargos contra él.