viernes, noviembre 13, 2009

Teros

Me intriga la gente que no saluda, como si tuviera vergüenza del pasado, de su propio pasado.

viernes, noviembre 06, 2009

Forsa

A partir de ahora, junto con C, vamos a estar poniendo música en Forsa. Un tema para cada día, todos los días.

viernes, octubre 16, 2009


martes, septiembre 29, 2009

Doscientos números


Doscientos números.
Copia color C, medidas variables, 2009.


Si el silencio hablara, si está hablando, si me está invitando a hablar con él. Si hubiera una manera de abrir la luz, a cuchillo, cortarla al medio como se abre en canal a un pez recién sacado del agua. Un filo dentro del filo mismo. Si no puedo dejar de señalarlo con un gesto mudo e impotente. Si no es él, quizás, quien me abre a mí, al fin y al cabo. Si el silencio hablara, entonces.

miércoles, septiembre 23, 2009

Un mensaje del Rey



(Simón Dice recomienda escuchar y cantar a TODO volumen para alcanzar una mayor satisfacción)

viernes, septiembre 18, 2009

Reproche tautológico

Una señora a un nene de, más o menos, cinco años: -¡Pero mirá que sos pendejo, nene!

Pasillo de combinación entre líneas B y C del subte, Buenos Aires, 17 de septiembre de 2009
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sábado, agosto 29, 2009

Refugio


Simón - Medicación
Copia color C, 20 x 30cm, 2002



Ví algo entre las sombras y salí disparado inmediatamente en esa dirección, como un perro de presa. Aunque no me costaba nada subir la lomada la sombra se movió demasiado rápido y, amparada por la oscuridad, se perdió sin que pueda seguirla. En verdad la dejé escapar porque cuando llegué a la vera del refugio encontré una escena increíble, que me hizo olvidar por completo de mi presa: una pira simétrica —hecha de leños regulares, sólidos perfectos, rotundamente artificiales—, ardía con un fuego salvaje jusqu’a cote del mismísimo refugio. Quienquiera que la hubiera hecho sabía muy bien lo que hacía. Al parecer todo estaba rociado con alcohol de quemar, o kerosén (no podría decir con exactitud, señor juez, porque no olí nada), pero ardía de una forma imposible para unos simples leños, y lenguas del fuego comenzaban a lamer la pared del refugio. Si no actuaba rápido, en unos minutos todo sería una gran brasa.

Llamé a la puerta y se apareció Simón, aún en un sueño profundo; comprendió el peligro con la velocidad del rayo. Volvió adentro sin decirme nada, y antes que pudiera entrar a buscarlo, salió con un matafuego contra todo tipo de incendios. Dimos la vuelta a la cabaña y Simón dirigió el chorro químico hacia la base de la extraña pira. Mientras extinguía el incendio Simón me miró con una extrañeza como jamás volví a ver en mi vida: todo este tiempo veníamos sosteniendo dos de esos leños tan poco comunes, uno cada uno, intactos, los dos con las manos izquierdas.